Visto de
lejos, es un edificio moderno de esos a los que les sobran rectas y les faltan
ventanas. Se recorta contra un cielo perfecto, celeste Windows, decorado con
tres nubes. Visto de cerca, es el Palacio del Yo. Por algo se llama 'El Museo
de Mí' y recorrer (virtualmente, se entiende) cada una de sus salas es toparse
una y otra vez con uno mismo. Lo que anotamos en Facebook, las fotos que hemos
y nos han tomado, todo está ahí. No en vano esta iniciativa de la marca Intel
se plantea como "un archivo visual de tu vida en las redes sociales".
Pero tal vez no sea eso lo más importante, sino lo que aparece en una de las
más grandes salas de esta exposición (¿o egoposición?): una enorme mano azul,
tamaño Botero, con el puño cerrado y el pulgar en alto. Un 'like'
tridimensional, soez, alrededor del cual se detienen en maravillada
contemplación algunos de los visitantes de mentira. ¿Que por qué está eso ahí?
Pues precisamente porque al yo (y a las empresas y a los candidatos políticos y
hasta a los desodorantes de ambiente) hoy se los construye a golpes de like.
Cada vez que alguien teclea sobre la minúscula mano azul en la que se condensan
la aprobación, el festejo y el premio, otro resulta beneficiado por ese aplauso
mudo. Porque en este nuevo estado de cosas -si algo cuenta- es esa versión
aguada de la fama que es la popularidad. A más dedos en alto conseguidos, más
popular deviene uno. Más uno mismo, de hecho, como si cada una de esas manos
fuera en realidad develando una capa más de eso que somos. ¿Qué dice de nosotros
esa desesperación por el ciberaplauso? ¿Qué clase de comunicación es posible
cuando, más que hacernos entender, lo que nos impulsa es ser reconocidos y toda
forma de la recompensa digital? Esta necesidad, que muchas empresas ya están
convirtiendo en dinero y oportunidades publicitarias, está al mismo tiempo
encerrándonos en un mundo hecho a medida.
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